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viernes, mayo 09, 2008

ALCALDE DE PARIS PROPONE VOLVER AL MANEJO PÚBLICO DEL AGUA. LOGRARÁ DERROTAR A LOS GIGANTES VEOLIA Y SUEZ?

El alcalde de París, Bertrand Delanoë, ha abierto las compuertas de un debate prohibido desde hace dos décadas en Francia: el regreso de la distribución del agua potable a manos del poder público para garantizar técnicas más ecológicas y un suministro menos caro. Los dos gigantes franceses del sector, los grupos privados Veolia y Suez, líderes mundiales, podrían verse arrastrados por la riada. (Suez a quien en América latina nuestros Gobiernos han entregado el manejo de los prinicipales acueductos)
Delanoë, confrontado a las elecciones municipales francesas de la próxima primavera, anunció esta semana su intención de crear un organismo municipal único, de carácter público, encargado de retomar las riendas de la distribución del agua potable en la capital a partir de 2009. En el país de los servicios públicos y del Estado omnipresente, la distribución del agua potable tiene la particularidad de haber sido confiada mayoritariamente desde hace décadas a los grupos privados Veolia y Suez. Estos grupos y un tercero, Bouygues, se han convertido en líderes mundiales apoyándose en los beneficios obtenidos en el cautivo mercado galo. (Si Paris vuelve a lo público, porqué a nosostros nos obligan a privatizar?)
Chirac, salomónico: En París, la concesión al sector privado se hizo a mediados de los años ochenta, por decisión del entonces alcalde, Jacques Chirac. Salomónico, Chirac otorgó el agua potable de los barrios de la orilla norte del Sena a Veolia, y la de los barrios del sur del Sena a Suez. Ambas empresas privadas reciben y distribuyen a los consumidores de la capital el agua que la empresa municipal Eau de Paris tiene que ir a captar y potabilizar a más de cien kilómetros de la ciudad: imposible hacerlo más cerca, donde el preciado líquido sigue contaminado a niveles irrecuperables.
La directora de Eau de Paris y edil verde, Anne Le Strat, explicó a Público que en 2003, el nuevo equipo municipal dirigido por Delanoë “descubrió que Veolia y Suez, en lugar de invertir los 150 millones de euros previstos para la renovación de las infraestructuras de distribución, lo estaban transformando en productos financieros”. Las firmas no sólo obtenían márgenes de beneficio considerables, sino que además eran de alguna manera responsables de la excesivamente lenta renovación destinada a suprimir las cañerías de plomo. (Igual y peor lo hacen en América Latina)
El anuncio de Delanoë de confiar todo el ciclo de potabilización del agua a un organismo público, cuya realización dependerá de los electores, viene a concluir un proceso por el que el equipo municipal ha ido retomando el control del agua corriente.
Delanoë y Le Strat, aunque no coinciden en todo, ya asestaron un primer golpe a la codicia de las empresas privadas sobre el oro azul el pasado enero, cuando replicaron, con una querella por difamación, a la publicidad de una firma privada de agua embotellada, Cristaline, que acusaba al agua de grifo de servir sólo para el retrete.
Recordaron, por un lado, que el agua de la capital francesa es de gran calidad y, por otro, que el grifo es ecológicamente positivo, mientras que el agua mineral no lo es : los envases de botellas de plástico son altamente contaminantes, difícilmente reciclables y contribuyen al cambio climático.Con más de 5.000 millones de botellas al año en 2003, los franceses son los segundos mayores consumidores de agua embotellada del mundo, tras los italianos. Ese frenesí genera 170.000 toneladas de residuos plásticos, según un estudio de la Agencia del Medio Ambiente y de Control de la Energía francesa (Ademe), que además añade otros destrozos causados al medio ambiente: para fabricar agua embotellada se requieren numerosas transformaciones y transportes, con un impacto considerable.
Una investigación llevada a cabo en Suiza por la Empresa Pública del Agua y el Gas (SSIGE) demuestra que beber un vaso de agua embotellada le sale a nuestro planeta 245 veces más caro que beber un vaso de agua del grifo, en términos de emanaciones responsables del calentamiento climático.
Restaurar el honor del agua corriente frente a la botella es algo que ha llevado a Eau de Paris a diseñar una nueva garrafa municipal de vidrio, destinada a poner de moda el oro azul del grifo.
El precio y los márgenes de beneficio: El precio del agua del grifo es objeto de una intensa negociación entre los municipios y las compañías privadas que se reparten el pastel de la distribución. La aglomeración de Lyon, cuyo presidente es el socialista Gérard Collomb, ha forzado la mano de Veolia obteniendo esta semana una reducción del precio del agua de un 16%.En las afueras de Paris, por el contrario, el organismo público Sedif, que reúne 144 municipios bajo la presidencia del sarkozysta André Santini, sigue permitiendo a la misma Veolia que conserve un margen de beneficio del 11%, después de años de subidas ininterrumpidas de precios.
La revista de consumidores UFC-Que Choisir ha provocado un terremoto con la publicación de una investigación que demuestra un desfase brutal entre el coste real del agua potable y el precio de venta. El director de Veolia Agua Francia, Marc Reneaume, afirmó a ‘Público’ que “se han inventado solitos ese desfase y algunos responsables, por razones militantes, hacen como si fuera verdad”. Entre los “militantes” citó a la directora de Eau de Paris, Anne Le Strat.
Tomado de ANDRÉS PÉREZ - París - 22/11/2007 " La revolución francesa del agua"
Foto: google images: acueductos romanos bajo las calles de Paris
Los entre paréntesis son nuestros.

martes, abril 22, 2008

EN EL DÍA DE LA TIERRA: INVITAMOS A EDUARDO GALEANO

LA NATURALEZA NO ES MUDA
El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los bosques naturales, se derriten los polos, el aire se hace irrespirable y el agua intomable, se plastifican las flores y la comida, y el cielo y la tierra se vuelven locos de remate. Eduardo Galeano
Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano, Ecuador, está discutiendo una nueva Constitución. Y en esa Constitución se abre la posibilidad de reconocer, por primera vez en la historia universal, los derechos de la naturaleza. La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.

UN OBJETO QUE QUIERE SER SUJETO

Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el derecho de no tener derechos. En los hechos, no son pocos los que siguen sin derechos, pero al menos se reconoce, ahora, el derecho de tenerlos; y eso es bastante más que un gesto de caridad de los amos del mundo para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los derechos humanos abarcan a la naturaleza, porque ella no es una tarjeta postal para ser mirada desde afuera; pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y nunca como sujeto de derecho. Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos negocios, ella puede ser legalmente malherida, y hasta exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que las normas jurídicas impidan la impunidad de sus criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son las víctimas humanas quienes pueden exigir una indemnización más o menos simbólica, y eso siempre después de que el daño se ha hecho, pero las leyes no evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el agua o el aire. Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga derechos... Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.

GRITOS Y SUSURROS

Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que quiere incorporar los derechos de la naturaleza a la nueva Constitución de Ecuador. Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo largo de su historia. Por citar un solo ejemplo, durante más de un cuarto de siglo, hasta 1992, la empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil millones de galones de veneno sobre tierras, ríos y gentes. Una vez cumplida esta obra de beneficencia en la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en Texas celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces, la Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse Chevron y estaba dirigida por Condoleezza Rice. Después un oleoducto trasladó a Condoleezza hasta la Casa Blanca, mientras la familia Chevron-Texaco continuaba contaminando el mundo.

Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por la Texaco y otras empresas no son la única fuente de inspiración de esta gran novedad jurídica que se intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos, la reivindicación de la naturaleza forma parte de un proceso de recuperación de las más antiguas tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone que el Estado reconozca y garantice el derecho a mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha empezado por identificar sus objetivos de renacimiento nacional con el ideal de vida del sumak kausai. Eso significa, en lengua quichua, vida armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más allá de nosotros. Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como en toda América, continúa mutilando la realidad y la memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen a todo el país, y al mundo entero, estas voces del pasado que ayudan a adivinar otro futuro aposible.

Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio. (En Uruguay exclusivo para Brecha)
FOTO: barrameda